El Flan de Mami
Sobre cómo la gracia madruga más que nuestra tristeza.
Esta semana marca nuestro segundo Día de Acción de Gracias sin mami.
Su muerte no fue una despedida lenta, de esas que te dan tiempo para ir recogiendo las sillas con calma. Vino de golpe. Fue un silencio repentino que nos dejó a todos mirando a la puerta.
Cuatro meses antes de ese silencio, a mis hermanas y a mí nos dio por jugar a ser editores. Tuvimos una ocurrencia simple: pedirle la receta de su famoso flan de queso. Pensamos que sería un proyecto lindo, quizás hasta gracioso, documentar su magia en la cocina.
A veces pienso que Dios, en su misteriosa y callada ternura, nos empaca lo que vamos a necesitar mucho antes de que nosotros entendamos la travesía que nos espera.
Mami nos envió la receta por WhatsApp. Escribió a su manera, mezclando instrucciones técnicas con esos pequeños comentarios suyos, como si estuviera parada allí mismo, en la cocina, hablándonos por encima del hombro mientras batía los huevos.
Nosotros tomamos aquel texto, lo editamos, le pusimos una foto bonita en la portada y, con un poco de broma y mucho cariño, lo titulamos El Flan de Mami. En aquel momento nos pareció un detalle simpático. Hoy sé que fue maná. Fue pan para el camino.
Sin saber que estábamos en la recta final, tuvimos el privilegio de celebrarla en vida. Convertir su receta en un documento bonito no fue solo una tarea; fue nuestra manera de darle una ovación de pie mientras ella todavía estaba en el escenario.
Fue como si Dios hubiera permitido que la música de la celebración comenzara a sonar antes de que terminara la fiesta. Una melodía de gratitud que nos preparaba, una marcha suave que honraba su amor y cuidado justo antes de que se apagaran las luces.
Esta semana, una de mis hermanas hará el flan para la cena de Thanksgiving. Estábamos buscando el archivo, releyendo sus instrucciones, y de pronto me encontré dando gracias. No por el flan, sino por cómo, aún en medio del dolor, Dios nos deja migajas de su presencia para que no perdamos el camino a casa.
Me pregunto si ese impulso de pedir la receta no fue una misericordia que madrugó más que nuestra tristeza. Como si Alguien, sabiendo que pronto nos quedaríamos sin norte, hubiera decidido empacarnos una brújula.
Dios no siempre nos evita el invierno, pero se asegura de que no nos falte abrigo. No siempre detiene el golpe, pero esconde consuelo en los lugares más cotidianos antes de que sepamos que vamos a necesitarlo.




Espectacular....admiro la manera que predicas ... escribes....y entrelazan pensamientos tus escritos ..... adelante!!!!